miércoles, 28 de marzo de 2007

Señal 2: ni privada ni del Estado...

La Asociación de Medios Comunitarios, Libres y Alternativos (ANMCLA) lleva a efecto en estos momentos, 2:40 am del miércoles 28 de marzo, la vigilia a la cual convocó frente a las instalaciones de RCTV. El asunto se convirtió en una muestra de unas cuantas culturas y expresiones musicales venezolanas o hechas en Venezuela, desde el joropo hasta el hip hop, pasando por los muchos tambores afrovenezolanos.
El objeto era protestar contra el asco monopolista y elitista de una televisora cuyos propietarios quieren defender algunos privilegios acudiendo a las armas de la nostalgia y el chantaje emocional: ellos pretenden ser dueños para siempre de una franja del espectro radioeléctrico, nomás porque en los 70 transmitieron Estefanía y La Dueña de Cárdenas, y porque Radio Rochela dizque es muy cómico y le gusta al pueblo.
Ha entrado en discusión también el tema de la propiedad privada y de la democracia, con unas variantes que te cagas: por ahí anda una parranda de güevones que defienden la idea de que Democracia es la conservación del derecho de un par de familias monopolistas a explotar para siempre una señal abierta de televisión. Consideran estos "amantes de la libertad" que es más democrático dejar esa señal en manos de una élite de no más de veinte todopoderosos, que entregársela a los colectivos hacedores de la nueva televisión.
En la fachada del canal de Bárcenas a Río dejaron los asistentes al evento una pinta que recoge y enfrenta un drama decisivo, casi conclusivo. Dice:

Ni privado ni del Estado: señal 2, comunitaria


Ni más ni menos. Quitarle el espacio a Granier y sus familias circunvecinas no es suficiente. Es preciso evitar que la señal caiga en manos de dos o tres buitres que ya andan por ahí exhibiéndose como los nuevos dueños del canal, y mostrando la miseria mental que ha de alimentarlo (si los dejamos): las mismas telenovelas, el mismo formato de noticieros, el mismo "humor", el mismo sifrinaje exclusivista y el mismo espíritu apartheid que gobiernan allí en la actualidad, con la diferencia de que los aspirantes a nuevos dueños se dicen rrrrevolucionarios. Si por ahí va la vaina, y me perdonan mister Ruiz, mister Galué y los otros que no han dado la cara, yo prefiero que le dejen esa mierda al Granier, que también es fascista, conservador y explotador, pero al menos no anda disfrazándose con una boina roja para ocultar su entraña reaccionaria.
Esa pelea va. Claro está que no ha de ser fácil.

miércoles, 21 de marzo de 2007

La Ley respetando…

Acabo de enterarme de que está en pleno desarrollo el chiste más amargo que he oído en estos primeros años del tercer milenio. Un chiste institucional más macabro que el Seguro Social, más sangriento que las policías, más abominable que el sistema de “justicia”. Es en serio: el chiste del que vengo a hablarles supera esas lacras mencionadas porque pone al descubierto al padre de esas lacras.

A ver si lo disfrutan como yo sin necesidad de que se lo explique: en Venezuela está vigente una cosa llamada “Ley de simplificación de trámites administrativos”.

Si no le dio risa ni indignación entonces lárguese a leer cualquier columna complaciente y jalabolérica. Los párrafos que siguen no le interesan. Usted es, en el mejor de los casos, un imbécil distraído, un ignorante o alguien que no vive en Venezuela. En el peor de los casos, usted es un cómplice de esa desgracia en funciones llamada entes gubernamentales.


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El Estado venezolano no funciona. La explicación a esta tragedia es sencilla, está a la vista, de cajón: en Venezuela sobrevive un Estado burgués, hecho a la medida para la clase empresarial que se sirvió de él, y para sus servidores en las instituciones: los adecos. Ese Estado les sirvió a todos ellos. Por lo tanto, no nos sirve a nosotros.

Los “camaradas revolucionarios”, en lugar de demoler esa mierda e intentar construir otra cosa más decente, vienen y lo remiendan a ver si funciona. La tal “Ley de simplificación” es algo así como una aceleración formal del adequismo: como la burocracia hace que el Estado vaya lento, entonces vengo yo y me invento una Ley para que ese mismo Estado en descomposición vaya más rápido. Para que en los hospitales públicos no lo maten a usted después de atormentarlo durante diez horas en una sala de espera infecta: ahora lo matarán en tres horas, o en minutos. Para que la “justicia” no tarde cinco años en culpar a su hijo asesinado por haberse dejado matar por un tombo, sino un par de semanas.


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En Venezuela hay un Gobierno de izquierda, presto a abrirle las puertas a una Revolución. Pero el Estado en el cual se mueve es el mismo Estado burgués, perfeccionado por los adecos, que hizo imposible la construcción de un país decente en nuestro siglo 20 (no, no me da la gana de escribirlo en números romanos. De romano yo no tengo un coño, y ustedes tampoco).

Entre el funcionariato actual del Estado abundan el adeco de boina roja, el comunista de verdad-verdad y el ciudadano con buenas intenciones. Algunos de ellos quisieran hacer una Revolución. Algunos también deploran la existencia de normas y procedimientos que paralizan los proyectos, que empantanan las iniciativas, que aplastan cualquier intento de agilizar el funcionamiento del Estado. Pero éste está diseñado de tal manera que no se le pueda desafiar. Las instituciones gubernamentales deberían aprobar con agilidad los proyectos de los cuales la sociedad habría de beneficiarse. Pero esto es imposible, pues los adecos “organizaron” de tal manera las cosas que quien intente saltarse algunas reglas absurdas en seguida incurre en un delito de corrupción y malversación.

Va un ejemplo tomado de la vida misma.

Usted es ministro o jefe de un organismo cuya misión es difundir materiales periodísticos. En ese organismo hay una partida destinada a los “gastos de representación”, es decir, la que usted y su equipo de jefes utilizan para invitar a alguien a “almuerzos o reuniones de trabajo”, para caerse a palos o para pagarle a una puta. Nadie en el ministerio debe enterarse, pero si usted es lo suficientemente hábil el Estado puede pagarle varias putas al mes.

Hay también una partida destinada al traslado de los periodistas a su cargo, en caso de que todas las unidades de transporte estén ocupadas. Pero (oh, contrariedad) esta partida está agotada porque los periodistas gastan mucho en traslados. Usted, jefe consciente de la misión del ministerio a su cargo, sacrifica un almuerzo o una salida con la puta del próximo viernes, e intenta sacar algo de plata de la partida destinada a putas para que los periodistas puedan trasladarse. En el acto, como en un acto de magia, se encienden las luces de emergencia: ministro o jefe, usted no puede hacer eso, porque si lo hace está incurriendo en un acto de corrupción administrativa. En el lenguaje del Estado adeco, a las putas lo que es de las putas y a los traslados lo que es de los traslados.

Usted intenta apelar al sentido común y le dice a su administrador (un sujeto muy correcto, respetuoso y temeroso de la Ley): “Pero bueno chico, dale esos reales al periodista y yo te consigo una factura falsa que indique que me cogí una puta”.

Salta el administrador:


--Jefe, usted sabe que no puedo hacer eso. Eso es corrupción.

--Pero es que esta empresa es periodística, una Ley de cuatro décadas no puede estar por encima de las necesidades reales y actuales del ministerio y de los trabajadores.


Al final, váyalo sabiendo, el administrador tiene razón: si usted es alguien que respeta la Ley aténgase a ella. Caso contrario, usted puede ser investigado, perseguido, encarcelado y exhibido en los medios con esta leyenda: “Preso funcionario incurso en trajines de corrupción administrativa”. Piénselo bien: o se coge a su puta en paz o va preso. Bonito dilema.

Tiene otra opción: rebélese, convoque a los miles de funcionarios paralizados por ese sistema de leyes y actúe al margen.

¿Qué cree usted que hizo Chávez al crear las Misiones? ¿Usted todavía cree que fue legal eso de crear sistemitas urgentes de salud y de educación, ante el colapso de los sistemas de educación y de salud formales? ¿Cómo coño poner a funcionar algo en este país, como no sea creando un Estado paralelo o actuando al margen?


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A mí me dan lástima los compatriotas y camaradas chavistas que todavía piensan, a estas alturas, que se puede hacer una Revolución sobre las bases de un Estado adeco que no está liquidado sino más vivo que el carajo.

Las leyes deben adaptarse al ciudadano o desaparecer.

No combatas al burócrata: combate a la burocracia. El burócrata sólo repite y reproduce aquello para lo cual fue programado. El coñoemadre que te hace esperar dos meses por un cheque que debió salir ayer es víctima del mismo Estado que tú: si ese pobre pendejo agiliza las cosas se pone al margen de la Ley, y nadie quiere ir preso por facilitarle la vida a un pensionado.

Dicen que nada amarra más fuerte que una yunta de bueyes. Es falso: la obediencia ciega a ciertas leyes esclaviza más que un cabello de mujer y que la cuchara entera sin afeitar.

domingo, 18 de marzo de 2007

La Historia del pueblo según el pueblo

Yo he tenido en mi vida unos cuantos trabajos. Muchos. También he tenido desempleos productivos e improductivos, ocio a carajazos. Misiones posibles e imposibles, tareas, encomiendas, ocupaciones varias. Pero nunca hasta ahora había sentido que llegó el momento de decir esto, con plena convicción: estoy llevando a cabo la misión más importante de mi vida. El trabajo, la tarea a causa de la cual puedo asegurar que ya no me ocurrirá una cosa desastrosa: llegar a viejo o asomarse a la muerte y escuchar desde adentro una voz que dice "Se te fue la vida y perdiste el tiempo, perro, no hiciste nada perdurable".

A todos nos ha rondado la idea alguna vez, como nos rondan esos proyectos que nunca realizaremos: rescatar una historia o muchas historias, recolectar las vivencias y avatares que en su conjunto le han dado forma a familias, localidades, países. El ser humano es un bicho memorioso, sólo que no todos tenemos la plena conciencia de que la memoria pura tiene continuadores y repetidores, pero también un fin: cada anciano que se nos muere se está llevando a la tumba una porción de recuerdos, evocaciones. Cada hombre o mujer que se apaga es un archivo de datos que se pierde. Mientras, los historiadores sólo se ocuparán de otras cosas: de acontecimientos, de procesos o de héroes, pero nunca de la gente.

Hace tres meses llegó la convocatoria y la concreción de parte de Oscar Acosta, presidente de Fundarte, quien me soltó algo como: "Hermano, vamos a publicar los libros de las parroquias del municipio Libertador, las historias parroquiales". Cosa que en boca de cualquiera pudiera sonar a "vamos a publicar unos libros". Pero no desde la visión del mundo que tiene este pana. Oscar aprendió hace tiempo que la Historia es mucho más que un reguero de fechas, batallas, nombres de presidentes y caudillos y una materia que uno pasa con 10 ó con 20 en la escuela, y en cualquiera de los casos lo deja a uno ignorante de la verdad de la hechura de los hombres. Hay libros en las metas del proyecto, sí. También grabaciones, fotografías, videos. Tengo entonces el honor y la felicidad de ser el coordinador del proyecto.

La sustancia, el sedimento grandioso del proyecto, permanece semioculto pero allí está, disponible para quien quiera verlo. Sucede que los autores de esos libros no serán unos señores muy sabios y muy "inteligentes" que les enseñarán a los sanjuaneros qué cosa es San Juan, sino un producto colectivo alimentado de vivencias directas y protagonismos a vena abierta. Los autores del libro serán el ama de casa que vio a Pérez Jiménez supervisar la construcción de los bloques de El Silencio y luego invadió a la fuerza uno de aquellos apartamentos; el conductor del autobús que le conoció la vida a un gentío y presenció historias menores y mayores durante sus buenos 50 años; el jodedorcito del barrio (Casagua, lo llamaban) que a los 8 años decidió sembrar la pepa de un mango que se estaba comiendo, y que al cabo de los años y hasta su muerte tuvo la satisfacción de ver como el árbol que allí creció fue referencia para la comunidad, pues no hubo grupo organizado, borracho o visitante alegre que no se instalara allí a conversar, a echar cocos, a hablar de política o a contar chismes; los autores son seres cuyos nombres no aparecen en los libros de lo que oficialmente y desde la academia se conoce como "historia", sino gente que hace Historia a su manera: no escribiendo libros sino escribiendo sociedades a punta de barro, sangre y cojones.

Ya hay un equipo montado en esta construcción maravillosa. Está Sandra Zapata, coordinadora de Publicaciones de Fundarte y su gente de la misma institución, y un grupo de no-funcionarios en el que se encuentran Freddy Mendoza, Gustavo Borges, Rafael Gómez, Jesús Arteaga, Henry Rojas, Efraín Valenzuela.

¿Quién no se ha detenido a escuchar los cuentos de nuestros ancianos? ¿Quién, cayéndose a palos en cualquier esquina, no se ha enterado de detalles insólitos o increíbles de la fundación de un sector? ¿A cuántos seres humanos devastados por la exclusión no hemos visto convertirse en "locos" inolvidables, en músicos callejeros, en mendigos que se hicieron referencias inseparables de determinados sectores? ¿Cuántas de estas personas no le dieron, con su sola presencia, nombre e identidad (toponímicos) a lugares muy concurridos? ¿Por qué hemos tardado tanto tiempo en indagar, conversando con testigos de excepción o protagonistas, por qué se llaman como se llaman el sector El Polvorín, en La Pastora; El Rincón del Taxista y Camboya, en el 23 de Enero; el barrio El Milagro o el callejón Oriente, en La Vega?

¿Por qué aceptar dócilmente las denominaciones oficiales impuestas por los Gobiernos? ¿Por qué hay tantos callejones, esquinas y escaleras que llevan el nombre de la puta que hizo hombres a tantos vecinos; nombres del dirigente y patriarca adeco que las fundó a punta de conseguirles tablas y láminas de zinc a los pioneros? ¿Por qué en la cartografía oficial sólo aparecen los nombres de "grandes" personajes, asociados a grandes avenidas o construcciones formales, y se sigue ignorando la pujanza informal que ha hecho posible el levantamiento de muchas comunidades, algunas más hermosas y algunas más peligrosas que otras?

Apenas hemos visitado, como equipo, dos comunidades (luego de tanto visitar y vivir y patear y ser pateados en ellas, individualmente), y ya hierven nuestros registros de historias formidables y descubrimientos. Para el seguimiento de cuanto revele esta fantástica iniciativa Fundarte abrirá en breve un blog o bitácora. Les avisaré de ello en cuanto esto se produzca. Mientras tanto, acompañan a este resumen algunas fotografías tomadas en La Vega y el Veintitrés. Ya vendrán otros detalles.


viernes, 16 de marzo de 2007

Anda a empoderar al coñísimo

No importa que el Nixon nosequemierda haya sido pillado infraganti agrediendo y amenazando a una mujer (policía, pero mujer). Basta que diga cada cierto tiempo cuánto desprecio le merece Chávez para que el antichavismo en pleno y sus sirvientes de los medios de comunicación privados lo eleven a categoría de héroe. De esta manera empoderan los medios a los criminales que les caen bien.

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Otro ejemplo, para que los que no entendieron. El gordo Rosendo era un hijoeputa comunista hasta el año 2002, porque Ibéyise y otros superperiodistas lo hijoeputearon con acusaciones de corrupción. ¿Estaban fundadas estas denuncias? A mierda me sabe. Igual, si un marrano que ascendió a general a punta de jalar bolas no se coge los reales que dicen que se cogió, se los coge un empresario, un ministro o un congresante, mediante procedimientos asquerosos que ya se las arreglará para que parezcan limpios. Llegó el 11 de abril y el gordo Rosendo quedó empoderado: traicionar a Chávez, meterle una puñalada por la espalda al tipo que lo convirtió en alguien “importante” (es decir, que lo empoderó primero), es un buen salvoconducto, el mejor detergente disponible en el mercado para lavar manchas y culpas. Hoy nadie se quiere acordar de las acusaciones de corrupción del Plan Bolívar 2000. Rosendo metió preso a Chávez, le echó paja y lo entregó, y eso lo convierte en un grato recuerdo.

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Va un contraejemplo, el cual presento con una pregunta que ustedes (les pido, por favor) responderán para sus adentros: ¿ustedes recuerdan los nombres de Oscar Aponte y Jairo Morán? No los busque en Internet. No hay comodín, no llame a sus amigos para preguntarles. Sea sincero: usted no recuerda esos nombres. Esos jóvenes fueron asesinados durante una marcha en el paseo Los Ilustres, en pleno sabotaje petrolero llamado “paro cívico”, por algún sifrino mamagüevo o policía gatillo alegre que iba en la marcha. Se supone que esos muchachos, pobres y chavistas, son el pueblo, y que el pueblo tiene el poder en este Gobierno (ojo: no confundir con el poder originario, que pesa más que ninguno, como se verá más adelante, pero no hace mercado ni compra carros ni quintas en el este). Pues bien, ambos muchachos sufrieron un doble “desempoderamiento”: primero, porque nadie pagó ni pagará nunca por su asesinato, y luego porque en el diario Universal un estúpido oculto tras un título de licenciado en comunicación social justificó este crimen con los argumentos que la PTJ le puso en la mano: ellos eran buhoneros, tenían entradas policiales por hurto y por lesiones (es decir, uno porque se cayó a coñazos y su rival lo demandó, y el otro porque una vez le arrebató un trapo a un buhonero en la avenida Baralt), y además eran “de los círculos bolivarianos”. Muertos físicamente y luego rematados moralmente por un criminal del seudoperiodismo.

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¿Qué mierda es esa de “empoderamiento”? ¿Por qué a tantos compas chavistas les gusta ese término? ¿Por qué lo utilizan sin pensar qué significa o al menos detenerse medio minuto a averiguar si significa algo? Por ahí me explicaron que la cosa es una traducción a la machimberra de una palabra que en inglés suena dizque “empowerment”, y que su significado viene a ser algo así como “bajarle poder al pueblo”. Habrá que decir algo al respecto.

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Lecciones para aprenderse en la casa.
El poder no es propiedad de ningún gobierno, institución, sujeto o hegemonía.
Mal puede entonces “bajarle el poder” nadie a nadie, y mucho menos al pueblo, en quien sí reside el poder originario, ese mismo que organiza y desorganiza sociedades nomás encabronarle la paciencia los ricos a punta de leyes absurdas, injusticias y explotación.
Los millonarios no detentan poder gracias a sus méritos, sólo que de tanto imponerse han terminado por hacer uso de él con más estruendo que eficacia.
Interesados en el tema, comunicarse con el pana Bakunin y el bueno de Foucault.

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El poder no se decreta: se delega, se soporta o se arrebata.
El hombre que despacha en Miraflores, aunque el pueblo le otorgó poder para administrar al Estado, no es el hombre más poderoso de Venezuela; probablemente sí es el más asediado por otros poderes (económico, imperial, mediático, que al final son uno mismo).
El 11 de abril de 2002 ocurrió un asalto al poder contenido en el Estado; la madrugada del 12 comenzó un extraño período durante el cual nadie tenía control sobre ese poder (ya que el mandatario estaba secuestrado); antes de mediodía, alguien se alzó con ese poder por las malas y tras ello se activó el poder originario; unas horas después el poder fue nuevamente delegado en el caballero a quien el pueblo le dio el permiso y la orden de gobernar, y el poder originario regresó al anonimato y la tensa vigilia.
Así que empowerment o empoderamiento una pinga.
Consejo a los Consejos Comunales: cuando venga alguien a decirles que va a hacerles el favor de “empoderarlos”, es decir, a hacerles la caridad de regalarles un poquito de poder, cálcense unas botas de esas de seguridad, las que tienen un taco de acero en la punta; remánguense la bota el pantalón, cojan impulso y zámpenle al estúpido en cuestión una soberanísima patada por el culo, que es lo mínimo que se merecen (no vayan a decir por ahí que estamos estimulando linchamientos o ejecuciones sumarias).

jueves, 15 de marzo de 2007

La "confesión" de Khalid Sheikh Mohammed

Dicen los gringos (y sus sirvientes en todo el mundo se lo han creído, automáticamente y sin reservas) que Khalid Sheikh Mohammed, “ha reconocido” su responsabilidad en los atentados contra las torres gemelas y otros atribuidos a Al Qaeda. Esto, según la transcripción de una declaración realizada en Guantánamo y hecha pública por el Pentágono. “Fui responsable de la operación del 11-S de la A a la Z”, dicen que dijo Mohammed.

¿Quién no recuerda el viejo chiste sobre los tres tombos de Scotland Yard, el FBI y la PTJ, puestos a competir en la búsqueda de un conejo? ¿O el absurdo de la Inquisición, precedente y ejemplo de cómo han impuesto su verdad las hegemonías? ¿Fue realmente voluntaria la confesión del tipo? ¿Se tratará del cochino que capturó la PTJ, gritando aterrado que él es un conejo? No hace falta fijarse en el aspecto del señor Khalid Sheikh Mohammed para sacar una conclusión. ¿Qué puede uno suponer o imaginarse de un interrogatorio perpetrado en una cárcel inaccesible para nadie que no sean los torturadores y sus víctimas?

Otra pregunta sobre lo mismo. Y ¿por qué no seguir insistiendo en la culpabilidad de Osama Bin Laden? ¿Será porque el hombre se hizo imposible o muy difícil de encontrar y hace falta un golpe propagandístico que justifique las torturas contra un señor equis con más cara de torturado que de terrorista?

Y la última. ¿No le sale el tiro por la culata al señor Bush, quien ahora deberá encontrar otra justificación para la cantidad de muertos, desaparecidos y mutilados de Afganistan, país cuya ocupación paga todavía el precio del derrumbe de las Torres Gemelas? ¿Le pedirá disculpas a Bin Laden, ya que ahora sí encontraron al “verdadero” criminal?

sábado, 10 de marzo de 2007

Ismael y los desobedientes

Apreciado desde el punto de vista de la independencia y de la vena libertaria inherente a todo revolucionario que se precie, el gesto de Ismael García al anunciar que a “su” partido no lo desaparece nadie, pudiera calificar como noble. Los problemas con dicho gesto son varios. El más hilarante, por supuesto, tuvo que ver con el espantoso arrugue (menos de 72 horas le duró el ímpetu rebelde) que el decorador de la cosa esa llamada “Podemos” se encargó de enfatizar mediante afiches y símbolos. Cuando emitió su soberbia declaración de autonomía, el día viernes, detrás suyo había unas retadoras calcomanías que espetaban: “¿Quién dijo miedo?”. Tan varonil fue el desafío que mucha gente olvidó algo: Teodoro tuvo que tragarse en octubre o noviembre ese mismo eslogan, no ante Chávez sino ante “Elbú” Rosales.

Transcurrió el fin de semana.

El día lunes el decorador le cambió la calcomanía por una foto gigante del presidente, con lo cual quedó respondida la pregunta anterior. Aquel afiche y aquella sumisión al dueño de “sus” votos queda traducida así: “Yo dije miedo”.

El exceso de valentía a veces se paga, pero se paga con la frente en alto y sin andar porai dando lástima. El miedo también se paga: el gentío que salió corriendo del “Podemos” nomás escuchar los argumentos del “jefe” seguramente no regresará jamás. Ismael tendrá que contarnos ahora si sigue pensando que los 800 mil votos de diciembre eran de la franquicia, de él o de Chávez… ¿O de un proyecto de país?

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Pero hay que ir más allá en el gesto, pues pone en evidencia muchas cuestiones turbias, o al menos poco claras, presentes y activas en ese reguero de propuestas y tendencias llamado “chavismo”. Es preciso hacer un diagnóstico de lo que ocurrió realmente con el buen Ismael. Es evidente que cuando él y la cúpula de “su” partido dicen que éste aportó muchos en la reelección del Presidente, se lo están creyendo de verdad. Ellos no lo han dicho, pero según lo indica ese desafío abortado o muerto en la niñez, parece que Podemos creyó poder dividir al país entre chavismo e ismaelismo. Que la gente iba a saltar alborozada la talanquera, pero no desde Podemos hacia el otro lado sino al contrario. Asunto también ingenuo y digno de risa. Pero hay otros menos graciosos.

Por ejemplo, la persistencia en medir la importancia política de un partido en términos de cuotas de poder: si tantas personas tocaron la tarjeta de Podemos en las elecciones entonces me tocan tres ministros; si fueron 100 mil más entonces me tocan cuatro. Con semejante estructura mental, idéntica a la guanábana puntofijista, pretenden seguir llamándose y que los llamen revolucionarios. En el cerebro de estos paladines del comemierdismo, la Revolución queda reducida a simple asignación de cuotas y padrinazgos, a atornillamiento de cacicazgos regionales y a porte de una chapa gloriosa en la cual se lee la inscripción: “El portador de la presente es rrrrevolucionario y pana de Didalco Bolívar. Cuidao con una vaina”.

¿Será necesario convencer al Didalco y al otro mamagüevo de Sucre de que, por mucho que los regionalismos pesen y cuenten, ni Maracay ni Cumaná se le voltearán a Chávez para cuadrarse con los sujetos que malgobiernan esas entidades?

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Si no hubieran demostrado ser tan tembleques y cagones a la hora de la chiquita, habría que reconocerles algo esencial: su derecho a no meterse en el llamado partido único. El problema es que no se mantuvieron firmes en su rebeldía sino que salieron a pedir perdón y a explicar lo que al principio quedó suficientemente claro: Ismael García dijo en castellano que no se calaba el autoritarismo, el pensamiento único y todo ese discurso que Globovisión explota tan bien todos los días. Lo dijo, no lo insinuó; tres días después estaba tratando de explicar que las cosas no son tan así. En ese momento perdió lo único que le quedaba: la nobleza de haber echado para afuera lo que en realidad lleva entre el pecho y la espalda.

En esos mismos días, a 600 kilómetros de Caracas (en Carora, sector La Otra Banda, en un caserío llamado El Papayo), otro grupo de personas, de esas que sí han sabido ser desobedientes, realizaba una especie de asamblea en la cual se discutieron unas cuantas cosas esenciales y otras más episódicas: desde la necesidad de volver a ver al ser humano como partícula emparentada con el suelo, el reino animal y los vegetales que pululan en el planeta, hasta la necesidad de fijar una posición frente al Estado burgués, esta cosa incongruente sobre la cual queremos hacer una revolución. Somos revolucionarios pero pretendemos construir algo decente sobre las bases y las semirruinas de una hechura adeca: estamos pelando bolas. Alguien habló de la necesidad de declarar una ruptura con ese Estado; advertir sobre el peligro de que este juego perverso y promiscuo de vendernos como hacedores de una nueva sociedad, y al mismo tiempo andar agarrados de manos con unos burócratas, instituciones y concepciones hechas a la medida para una sociedad burguesa, puede arruinar el proyecto en pleno. No sé qué conclusiones arrojaría al final ese encuentro, pero cuando me retiré se respiraba este espíritu: el movimiento (M-13A– PNA, digámoslo) es libertario y desobediente, y por lo tanto va siendo hora de cortar lazos con las estructuras cuya esencia tiende a sabotear el proceso y el liderazgo de un Chávez casi solo en medio de una manada de conservadores.

Nunca es bueno hacer de futurólogo, pero esta vez es fácil: este movimiento no echará nunca para atrás en su desobediencia. Hay razones, pero unas saltan a la vista más que las otras: porque existe antes que Chávez fuera una referencia pública y por lo tanto no necesita un padrinazgo; porque no es un partido político sino expresión de una corriente histórica; y porque esa reunión, y otras que vendrán, no se produjeron en el Hilton sino en la tierra profunda de Lara, con gente mimetizada y mezclada con los cardones, el sol más antiguo de la tierra, los olores nobles del cují y la mierda de chivo.

Allá, donde el pueblo desnuda su condición de partícula planetaria errante y creadora, jamás llegarán Ismael García y los de su jaez. Los desobedientes de verdad no piden excusas ni hacen ascos del olor de los corrales.

jueves, 8 de marzo de 2007

Adulador de oficio

No, ustedes no conocen tipos serviles. Arrastrados. En Venezuela los llamamos jalabolas.
Ustedes no saben qué cosa es un vendepatria. O probablemente sí, pero es probable también que no hayan visto (o leído, u oído) en acción a un burritranco de jalabolas como el Andrés Oppenheimer.
En su última columna, publicada en esa letrina del "periodismo" llamada El Nuevo Herald, hace algunas revelaciones que lo presentan en su justa dimensión. Dice que, a propósito del viaje de Bush a América Latina, EEUU "donará $385 millones para facilitar hipotecas baratas y otros $75 millones para la enseñanza de inglés" en nuestros países. Quien quiera seguir creyendo que el viaje del asesino de la Casa Blanca no tiene nada que ver con proyectos imperiales, pues que se convenza. Pero que se convenza antes de que sus países adopten el inglés como idioma oficial.
El punto es que Oppenheimer está contento, orgulloso, porque dice que ha sido él mismo quien le ha sugerido estas medidas coloniales a Bush, y además se lanza a proponerle otras. En particular, me ha asqueado el contenido de los dos últimos párrafos. Aquí abajo los copio en orden invertido; es decir, el último párrafo es en el original el penúltimo.
Dice:

“Qué bueno que Bush haya anunciado dos de las cuatro propuestas concretas que le sugerimos llevar a América Latina en nuestra columna del domingo pasado, incluida la idea de lanzar un programa para la enseñanza de inglés en Latinoamérica, como se hace en China. Nos complacería aún más que Bush anunciara las dos propuestas restantes durante su viaje en los proximos días.

Lo mejor que puede hacer Bush, considerando las pocas simpatías con que cuenta en el mundo, es responderle (a Chávez) con humor. Debería hacer bajar del avión a la mitad de los funcionarios del Departamento de Estado de su delegación, y reemplazarlos con guionistas de programas cómicos de televisión, que le escriban líneas humorísticas con las que responderle a Chávez. En la era de la política mediática, la única forma de evitar ser eclipsado por un showman es poner en escena un show aun mejor”.

Más asqueroso, imposible.

martes, 6 de marzo de 2007

Revolucionarios o institucionales

Es difícil el equilibrio entre el gobiernista y el revolucionario. Difícil, aunque no imposible ni inviable, cuando se trata de un gobierno que se ha propuesto echar las bases para una revolución profunda. Pero la contradicción está allí; se puede maquillar, esconder un rato tras la cortina, pero ahí está. Imposible desaparecerla.

La falla es de origen e indica que la Revolución (llámase a esto insurgencia y demolición de un poder establecido, junto con el modo de producción que lo hizo posible) nunca puede llegar a ser Gobierno, porque automáticamente deja de serlo. A menos que uno sea un cínico del coño y reproduzca en la denominación y en los gestos la acción del partido más aberrado de México y seguramente de América Latina, está claro que sólo puede haber una Revolución y es la que llevan a cabo los ciudadanos en ejercicio de su rebeldía. La discusión es vieja pero hay que traerla a la superficie de vez en cuando: eso de “Partido Revolucionario Institucional” es una patada en las bolas a la lógica, al respeto que se merecen los pueblos e incluso a la naturaleza de las instituciones, porque las Revoluciones se dan precisamente con el fin de acabar con las instituciones, cuando éstas caducan, se corrompen o estorban el natural desempeño de la gente común. Decir “revolucionario institucional” es una contradicción balurda, un oxímoron; es como decir fuego frío, hielo caliente, empresario socialista, División de Inteligencia Militar.

Las revoluciones se activan en contra del poder o en ausencia de un poder establecido; cuando cumplen su tarea de poner todo en su sitio (o de moverlo todo del sitio en que está) se esfuman y regresan a la cámara de hibernación de la Historia. Sucedió el 27 de febrero, ya ustedes saben en qué contexto y con qué potencia; sucedió también el 12 de abril: no bien se supo que ningún poder tenía el control de nada, porque el legítimo estaba secuestrado y el usurpador era una visita indeseable del pasado, hizo acto de presencia en la calle. El 14 en la madrugada desapareció nuevamente.

A Douglas Bravo le escuché una reflexión formidable en estos días: los Consejos Comunales no pueden ser una entidad revolucionaria porque han sido creados por un poder que tiene el control del Estado; y porque hay en el poder una entidad agradable, conveniente y simpática al pueblo. Las Revoluciones se dan sólo en oposición a algo contra lo cual sea necesario sublevarse. ¿Contra qué habrían de insurgir los Consejos Comunales, si el poder les es propicio?

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La respuesta está más o menos a la vista y hay que echar mano de ella para no ahogarnos en un vaso de agua: el Gobierno bolivariano no es un poder establecido sino un poder insurgente. Hay enemigos dentro del Gobierno, pero la solución a ello no es tumbar al Gobierno sino sacar de allí a los reaccionarios, a los que insisten en crear instancias y procedimientos adecos.

Con todo, es necesario también mirar hacia adentro con ojo implacable. Es triste que quienes estén haciendo mejor uso de las herramientas del nuevo tiempo sean la derecha, enquistada en algunos sectores de la sociedad dentro y fuera del Gobierno. Por ahí anda Leopoldo López agitando a los suyos para que se organicen en Consejos Comunales, y ellos, dóciles, organizados y metódicos por educación, casi por inclinación genética, han logrado ya conformar unos cuantos o están a punto de conformarlos; en la parroquia 23 de Enero, que tiene con qué exhibir su estandarte como parroquia con mejor organización de pueblo en Caracas, tiene problemas para conformar uno por cada bloque. ¿Nos ponemos las pilas o seguimos jugando a qué?

Va otra: en Anzoátegui, un grupo de la derecha chavista liderado por el inefable Luis Alfonso Dávila, acaba de activar un referendo revocatorio contra el gobernador Tarek William Saab. Que se merezca o no la revocación, el pueblo de Anzoátegui lo dirá. El punto es que la izquierda, quienes se supone que estamos del lado de la Revolución, hemos sido incapaces de activar ningún referendo a favor ni en contra de nada. Debe ser porque la tenemos fácil: Chávez es quien convoca o desmoviliza, el chavismo sólo tiene que aplaudirlo.

Honestamente, y a pecho pelao: ¿a ustedes les parece que eso está bien? ¿Es revolucionario un pueblo que sólo espera y acata instrucciones de un jefe máximo?


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Coda: está bien apoyar un Gobierno como el actual, que ha hecho que nunca en la historia como en este momento estemos tan cerca de una Revolución. Lo que está mal es creer que tanto muerto, tanta represión, tanto llanto y tanto exterminio, tuvo por objeto la conformación de “esto”: un Gobierno o estructura de poderes donde vegeta un cabeza e pipe como el “contralor” Russián, donde el diario emblemático sea un bodrio intragable como Vea y donde la Policía Metropolitana ahora dice ser revolucionaria, cuando lo procedente es que no haya policías.

A ver si nos enseriamos, o mejor nos embochinchamos: o el pueblo asalta el poder para que el nombre “democracia participativa y protagónica” deje de ser un eslogan, o dejamos los aspavientos y decretamos que este es un Gobierno convencional pero con buenas intenciones.